Dudas y obsesiones que me duelen

A veces, especialmente cuando estamos ociosos, un pensamiento nos ocupa y no tenemos la posibilidad de desprendernos de él. Y cuanto más tratas de quitártelo de la cabeza más se queda y más difícil es sacárselo de encima. Resulta paradójico. Y sucede que, pensar demasiado hace daño, mucho daño.

Este género de pensamientos es muy intrusivo, y en ocasiones llega a hacernos mucho daño, puesto que, o el pensamiento trata de cosas que nos hacen sufrir, cosas que nos duelen, recuerdos o hechos del pasado, o son cosas que nos preocupan del futuro.

Cuando hace aparición un pensamiento que nos preocupa, acostumbramos a poner en marcha varias soluciones para desprendernos de él:

  •  Intentamos de rechazarlo intentando supervisar las sensaciones, conmuevas y respuestas fisiológicas. En general son pensamientos sobre temores que acaban incapacitándonos, adquiriendo la manera de fobia, ataque de pánico o hipocondría.
  • Procuramos rechazarlo anulándolo, hacemos esto con que no nos perdonamos, algo que no ha ido como esperábamos… (son el origen de traumas, duelos y pérdidas).
  • Lo rechazamos tratando hallar respuestas tranquilizadoras. Solemos hacer esto con problemas que son irremediables: “¿Qué hubiese pasado si hubiese hecho..?”, “¿Voy a ser capaz de..?”, “haga lo que haga lo haré mal o voy a estar equivocada”, “tengo que estar completamente seguro antes de…”, “de todas y cada una formas eres culpable”. Son las llamadas dudas obsesivas, una tipología de la obsesión.
  • Intentamos de aceptarlo, dejándolo pasar, a fin de que como viene, se vaya.

Las tres primeras soluciones son malas opciones por el hecho de que todas nos llevan indudablemente a que el pensamiento continúe con nosotros y por consiguiente lo pasemos mortal y suframos. Es en el momento en que estos pensamentos se transforman en una duda obsesiva.

LA DUDA OBSESIVA

El pensamiento es algo espontáneo que no tenemos la posibilidad de controlar, pues aparece sin más ni más. Si peleamos contra él, se va a quedar en nuestra cabeza invadiéndonos regularmente. Porque tratar de no pensar es pensar todavía más.

Si, además, ese pensamiento nos plantea una duda tras otra, vamos a deber comprender que si nos damos respuesta a la primera de las inquietudes o interrogante que se muestre en nuestra cabeza entraremos, sin remedio, en un laberinto de preguntas y respuestas, no llegando a ninguna conclusión que nos tranquilice. Dada esta situación acostumbramos a decir: “No hay respuestas capaces a cuestiones estúpidas”.

El pensamiento es libre y espontáneo, por lo que no podemos eludir que surja la primera de las cuestiones o de las dudas. Lo que sí podemos controlar es la contestación que nos damos. Así,hay que evitar rechazar el pensamiento que llegay hemos de intentar cortar las respuestas. Punque resulte paradójico, debemos comprender que las respuestas alimentan las inquietudes.

La opción de tratar de aceptar el pensamiento, dejando que tal como viene se vaya, siendo la correcta, es la mas difícil,  pero podemos ayudarnos llevando con terapias de psicología positiva y mindfulness, que han demostrado ser mucho más eficaces que las terapias cognitivo conductuales para este género de problemática como se señala en la web de la Sociedad de Mindfulness y Salud.

dudas y obsesiones

Ese pensamiento que nos ocupa es otro yo, que está ahí a cada momento, para recordarnos lo que debemos o no debemos realizar, lo que tenemos la posibilidad de o no, o ese que está ahí para criticarnos, para hacernos dudar. Ese yo que nos hace padecer puede tener múltiples caras:

  • EL INQUISIDOR. Es aquel que te indica que “hagas lo que hagas vas a ser culpable”. Está ahí, encima de ti, haciéndote sentir culpable de tus actos, pensamientos o resoluciones, condenándote. Uno siente que vive en un incesante tormento del que siente no tener escapatoria al invadirle los sentimientos de culpa.
  • EL SABOTEADOR. “Elijas lo que elijas, hagas lo que hagas, de todas maneras te marchas a confundir”. En nuestra búsqueda de seguridad, indudablemente, caemos en la trampa de nuestro saboteador que nos va a ir provocando poco a poco más inquietudes. Nos encontramos siempre y en todo momento insatisfechos con nuestra decisión o decisión, no logramos la seguridad total  porque, entre otras muchas cosas, esta no existe. Procuramos certezas y eso pertenece a nuestra trampa, procurar lograr racionalmente lo que no es posible: la certeza absoluta. De esta manera, nuestras resoluciones se aplazan, se enlentecen, se sufren y se sale de esta guerra herido y extenuado. Aun, a veces, nos rendimos y decidimos no escoger, sin percatarnos que esto mismo es una resolución. Lo que ocurre es que, en el momento en que no decidimos, es la vida la que lo realiza por nosotros y aquí, ocurra lo que ocurra, siempre y en todo momento perdemos.
  • EL PERSEGUIDOR.  Este nos dice: “ahora puedes intentarlo, que no vas a estar a la altura”. Este es un enorme artista en infundirnos miedo y inquietudes, y tiende a ser común en personas que tienen responsabilidades y desean dar lo mejor de sí, o personas muy inseguras de sí mismas. Este monstruo se empeña en exhibirnos nuestra incapacidad en frente de las situaciones.

Todos ellos desencadenan dudas en nuestro interior, que nos bloquean y también impiden tomar decisiones, que nos agotan y nos hacen sufrir, sumergiéndonos en un bucle sin fin donde por el momento no entendemos nada.

Toda vez que intentamos combatir esas dudas, terminamos siempre perdiendo, en favor de nuestro yo interior que en ocasiones nos domina. En la mente y el pensamiento, él tiene bastante poder, por el hecho de que vive allí. De ahí que, este género de inquietudes no tienen que resolverse en la cabeza. Si pensamos siempre y en todo momento terminamos sufriendo, angustiados y frustrados, todo se enturbia, y nada se aclara.

Lo interesante que es que normalmente procuramos librarnos de nuestro monstruo interior o bien no haciéndole caso y cuanto más tratamos de tirarle, mucho más permanece con nosotros; o bien accediendo a argumentar con él, combatiendo. Y cuanto más le luchamos, más ocasiones gana y más derrotados estamos.

Así pues, solo hay 2 opciones posibles:

  • Una es ganar sin combatir: tal como acude la duda a nuestra mente, tal como llama nuestro incómodo yo interior, le dejamos ingresar, pero no le combatimos, aceptamos que está ahí, que es una parte de nosotros, no le echamos. Si no le hacemos caso, desaparece solo espontáneamente.
  • La otra forma, es que si no podemos evitar batallar con él, esto es, no tenemos la posibilidad de evitar ingresar en un bucle, en un diálogo sin fin con él, habremos de ahogarlo en nuestro terreno y hacerlo ocultar echando más lecha al fuego.

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