Genética y experiencia

Los humanos tenemos la posibilidad de parecer tremendamente complicados en lo que a nuestro planeta emocional se refiere.

Con aproximadamente frecuencia transitamos una amplia pluralidad de estados que van desde la ansiedad más arrolladora a la tristeza más profunda.

No obstante, si nos miramos con una visión amplia y extensa y transversal podemos decir que esencialmente somos 2 cosas: genética y experiencia.

La influencia de los genes y del aprendizaje

Venimos a este planeta con una carga genética que no elegimos y que nos acompaña durante todo nuestro sendero. Ese temperamento heredado define la intensidad con la que reaccionamos a las diferentes vivencias a lo largo de la vida.

Hay personas que llevan consigo un sistema inquieto que se asemeja a una autovía alemana en la que no existe límite de velocidad y por la que puedes conducir a 200 km por hora, y personas con un sistema inquieto que tiene una reacción al igual que un coche en una carretera comarcal por la que, salvo en una enorme recta, no circulará a mucho más de 80 km por hora.

Exactamente la misma experiencia objetiva, por consiguiente, puede ser vivida con una reactividad emocional muy dispar dependiendo de la genética que porta cada sujeto.

Por otro lado tenemos la parte experiencial. Alén de la genética, nuestra identidad, nuestro yo, se marcha a ir configurando a lo largo de siempre sumando experiencias que van a interactuar con ese temperamento heredado. Las experiencias que vivamos van a poder ser del mismo modo de dos tipos: Emotivamente reguladoras o desreguladoras.

De particular importancia serán las experiencias de relación vividas en los primeros años de vida y más que nada las que tienen relación con la interacción con las figuras de apego (padre, madre o cuidador/a principal).

Estas primeras vivencias van a situar nuestro sistema emocional en un nivel de activación base desde el que se va a comenzar a vivir el entorno.

Si el entorno se vive desde un nivel de activación fisiológico-sensible regulado, el planeta será un lugar con la suficiente seguridad para ser explorado. Por el contrario, si desde nuestra mas tierna niñez, en nosotros se instala un nivel de alarma, el mundo será un ambiente amenazante en el que va a haber que protegerse para no sufrir. Esta gestión del padecimiento se muestra como una máxima en nuestra supervivencia emocional.

Las estrategias de reducción de la angustia

Los cerebros humanos están programados para reducir la angustia y buscar el confort, de tal forma que si a lo largo de nuestra historia tuvimos la mala suerte de vivir ciertas “malas experiencias” o muchas de ellas, prácticamente con total seguridad, nuestra cabeza desarrolló uno o múltiples mecanismos de defensa para conseguir la regulación que el entorno no nos dejaba poder.

Para lidiar con el sufrimiento hay cerebros que desarrollan defensas de evitación y su alerta procuran en todo instante no entrar en contacto con aquello que les angustia, otros que desarrollan defensas de control y sueñan con controlar y planear la integridad del ambiente, frustrándose a cada instante con la cruda situación donde prácticamente nada es controlable. Otros cerebros utilizan las drogas para localizar la regulación e incluso ciertos cerebros desarrollan una herramienta llamada disociación con la que dejan fuera de la experiencia escencial uno o varios recuerdos o aun partes completas de la identidad de uno.

Varios profesionales que abordan en sus consultas los mundos sentimentales de sus pacientes, suponen que la esencia del sufrimiento y por consiguiente de la consecución del bienestar reside en las vivencias concretas que vivieron estas personas anteriormente y de su eco o resonancia en su momento presente.

Aportaría aquí un cambio de mirada que creo que con lo expuesto en las líneas anteriores puede tener sentido: no debemos de ofrecer excesiva importancia a lo preciso vivido sino más bien a esos mecanismos que se levantaron para gestionar el dolor y que fueron los únicos que cada uno pudimos encontrar para subsistir emocionalmente a nuestra historia.

Son esas herramientas las que seguimos usando actualmente y es con ellas con las que nuestra mente emocional se engaña creyendo ser la persona que éramos en el momento en que los acontecimientos generadores de angustia sucedieron, y anulando otro género de herramientas reguladoras que sí que tenemos la posibilidad de poner a nuestra predisposición en nuestro instante actual.

Para lograr disponer de todo nuestro potencial regulador, la experiencia clínica nos señala que es esencial, por ejemplo, desarrollar la aptitud de ser siendo conscientes de nosotros mismos, de nuestra historia y de nuestros elementos, además de mirarnos con la aceptación y compasión de quien sabe que es hijo/a de su crónica y que no tuvo la oportunidad de seleccionar gran parte de ella, que está misma historia en interacción constante con su temperamento le ha legado sus fortalezas y sus fragilidades, humanas todas y cada una ellas, enriquecedoras y dignas de ser vividas.

Creador: Arturo Lecumberri Martínez, Psicólogo General Sanitario y miembro de Vitaliza.

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