La relevancia de la red de acompañamiento familiar en el cuidado de una persona con Alzheimer

Existen varios estudios que demostraron una relación efectiva entre acompañamiento popular y salud, satisfacción con la vida y efectividad ante el manejo del agobio. Pero tener personas próximas alrededor no siempre es garantía de tener acompañamiento social. Las relaciones de acompañamiento deben ser recíprocas y requieren flexibilidad y motivación para escuchar y comprender. Hay que esforzarse para ponerse en el sitio del otro y entender las necesidades de cada uno de ellos, respetando la convivencia en el conjunto y la independencia de sus miembros.

 El acompañamiento de familiares, amigos y vecinos es esencial para que el día a día con un individuo cercano con  patología de Alzheimer y atender sus pretensiones cotidianas no lleven al cuidador a escenarios de sobrecarga que tienen la posibilidad de  ser perjudiciales para su confort y su salud.

El proceso de desajuste y reajuste familiar

La persona con Alzheimer y su cuidador interaccionan y forman parte de un sistema familiar que, a partir del diagnóstico, inevitablemente se verá alterado. Los distintos miembros van a deber aceptar que el ser querido perjudicado por la enfermedad , paulativamente, irá experimentando una serie de cambios, tanto en sus capacidades como en su conducta. En el seno familiar, va a haber que asumir novedosas perspectivas y nuevos permisos que tienen la posibilidad de ir acompañados de sacrificios económicos y personales.

El encontronazo del diagnóstico en un integrante de la familia acostumbra perjudicar de manera diferente a cada uno de los sobrantes, provocando diferentes reacciones y diferentes ritmos de aceptación de la nueva situación. Esto puede ocasionar ocasiones problemáticas y conflictivas. Hete aquí algunos ejemplos:

  • Reproches por, aparentemente, desentenderse del problema. Varias personas tal vez no ayuden o se impliquen lo que se podría esperar  por la propia dificultad de aceptar o afrontar la realidad y, tal vez, se alejen de la situación para evitar angustiarse. El cuidador primordial y/u otros familiares más implicados en la atención directa tienen la posibilidad de vivirlo como un abandono o una despreocupación.
  • Variedad de opiniones sobre cómo accionar. A menudo, cada cual está convencido de tener la razón o la mejor fórmula sobre cómo hacer las cosas. Tal disonancia se debe abordar desde el diálogo, eludiendo la confrontación, que solo agregará tensión a la que nuestra realidad a menudo conlleva.
  • Críticas a las resoluciones del cuidador principal. Quienes no conviven con el enfermo pueden desconocer, en gran medida, esa realidad cotidiana y ser muy críticos con las resoluciones del cuidador principal. La familia debe admitir que, aunque se le logre aconsejar, el cuidador primordial tiene la última palabra en las resoluciones que conciernen a la atención del enfermo.
  • Sentimiento de abandono del cuidador principal. Tal vez, por no querer incordiar o preocupar a otros familiares, el cuidador no informa de de qué forma están las cosas, con lo que es difícil que éstos se brinden o estén receptivos a requerimientos de ayuda no bastante claros. Además de esto, si el cuidador no expresa sus sentimientos, es difícil aguardar que otros los perciban.

En algunos casos, las ocasiones bien difíciles desarrollan activas familiares muy productivas, en las que los enfrentamientos y la tristeza no son los personajes principales. Muchas familias sienten orgullo por aprender a solucionar juntos situaciones difíciles. En estas situaciones se produce un acercamiento entre sus miembros y la promoción de un espíritu de “trabajo en equipo” alrededor del cuidado de la persona perjudicada, a pesar de las adversidades del día a día y los avatares que recurrentemente se experimentan.

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